miércoles, 27 de abril de 2011

Narracion a partir de una palabra

No es la primera vez que se me ocurría viajar, pero si la primera vez que lo hacía realidad. Muchos años estuve ahorrando para finalmente salir a conocer alguna parte del mundo y el destino elegido fue África.
La experiencia se resume en una sola palabra: única, no sólo fue la alegría constante que sentía por haber hecho realidad este viaje, sino todo lo que en el viví. Fue en una de las tantas excursiones donde conocí a alguien muy especial, su nombre era Alsirio. Un hombre mayor que yo, de pelo largo, gris y hasta un poco blanco. Vivía en la selva hacía ya varios años y por lo que contó, entre tantas otras cosas, siempre había sido un amante de la naturaleza. Vestía una remera rota y sucia que le cubría desde el hombro hasta casi las rodillas. Su casa estaba precariamente construida por palos, ramas y enormes hojas. Se alimentaba con frutos que encontraba en la selva, pescaba y cazaba. Es así que Alsirio disfrutaba mucho de este estilo de vida, desconocido por mí, hasta ese momento.
Pero no estábamos solos, un mono llamado Floripio, autóctono de la selva, vivía con Alsirio desde que había arribado a este increíble lugar. Era un mono divertido, travieso, burlón, pícaro, que contagiaba alegría y muy amigable. Tenía un pelaje bastante oscuro, piel rugosa, manos ásperas y ojos pronunciados. ¿Quién iba a pensar que en este viaje me encontraría con estos dos personajes? Definitivamente fueron ellos quienes hicieron que el recorrido se convirtiera en una gran aventura.
En los cinco días que pasé con ellos recorrí una buena parte de la selva, aprendí a pescar y a conseguir mi propio alimento. Conocí como era la relación entre varios animales que habitaban allí, viví sin ningún tipo de tecnología ni elemento extra que no sea parte la naturaleza (sólo llevaba conmigo una pequeña mochila, que no tuve necesidad de usar). Me bañaba en un enorme río que cruzaba a lo largo de la selva y dormía en la vivienda de Alsirio, sobre un follaje cubierto con una sábana y otras hojas que rondaban por allí. En cambio, Floripio, descansaba en un nido construido por el mismo.
Fue muy especial la relación que tuve con este animal. Aprendí mucho de él y logró ser un gran compañero. El cariño que sentía por Floripio hacía muy difícil pensar en el momento de mi regreso. Es así que pospuse mi vuelta. Aquellos cinco días que pensaba quedarme en la selva se convirtieron en diez, luego en veinte y cuando quise darme cuenta ya había pasado casi un mes desde el día de mi llegada.
Pero a lo largo de los últimos días comencé a ver cosas raras en mi cuerpo. Pequeñas manchas blancas fueron apareciendo en mi piel, mis uñas iban perdiendo color y por las mañanas amanecía con una sensación de debilidad y cansancio muy extraña. Se lo comenté a Alsirio, él no supo que podría ser ya que jamás le había ocurrido. Me preparó un té especial, de hierbas naturales, pensando que mi estado podría mejorar…pero esto nunca ocurrió. Cada día me sentía peor, las manchas blancas se multiplicaban, la sensación de cansancio era cada vez mayor y hasta la temperatura de mi cuerpo aumentaba. Reflexioné y me di cuenta que era hora de regresar a mi casa. Se me hizo muy difícil, no sólo por el amor que le tenía a Alsirio y Floripio, sino también porque no tenía fuerza para emprender la vuelta. Fue una despedida muy triste y angustiante.
 Un grupo de turistas que realizaba una excursión en la selva me ayudó a volver, mi estado seguía igual. De vuelta en la ciudad fui al médico y allí me dijeron que me había infectado por un extraño insecto. Luego de varias semanas de tratamiento, más algunos medicamentos, me cure. Lo que parecía una compleja enfermedad no fue más que una prolongada gripe.
Lamentablemente no volví a tener noticias de ninguno de estos dos amigos. Considerando como se había dado el viaje me di cuenta que mi lugar es donde siempre viví, la ciudad. Claro que aquella experiencia fue incomparable, pero es en este sitio donde debo estar. Finalmente decidí comenzar a estudiar zoología para, de alguna manera, mantenerme siempre en contacto con el mundo de la naturaleza y poder contar mi gran vivencia.

Mi primer libro de influencia


            A pesar de no considerarme una gran lectora, a la hora de leer intento concentrarme en la lectura y aprovechar de ella.
            Comencé a leer Rayuela porque fue uno de los libros obligatorios del colegio. Leíamos en clases, respondíamos cuestionarios y debatíamos la historia a medida que avanzábamos con la lectura. Es una novela muy entretenida y fluida, que requiere atención. Tiene la particularidad de contar con diferentes finales, según como se la lea: alternando los capítulos o leyéndolos de manera continua. En mi opinión esto hace que sea una novela diferente y original.
            Me gustaron los distintos personajes que fueron apareciendo, sobre todo el de “la Maga”, una mujer inculta y desinhibida. Por otro lado es muy interesante observar la manera en que estos se relacionan. Todos los personajes forman parte de “El club de la serpiente”. Es allí donde charlaban, discutían y filosofaban (a veces borrachos) acerca de la vida, en un espacio muy relajado de Paris: un cuarto con ventanas sucias y velas, donde siempre estaban presentes el alcohol, el cigarrillo y el jazz.
            Recordar esta historia, me trae a la mente las clases de lengua en el colegio, clases  alegres y divertidas. Leíamos para nosotras mismas o en voz alta, solas o en grupo  y hasta jugábamos a personificarnos con cada sujeto de la novela. Por eso es que “Rayuela”, de Julio Cortázar, fue el libro que elegí para compartir en este taller.