domingo, 12 de junio de 2011

Eterno cuarto

El reloj marcaba las 6:00 AM, una vez más era hora de ir a trabajar. Desde los quince años trabajo en la fábrica de metalurgia y plástico del barrio de Almagro. Ya es una rutina, ya es una familia la que encontré  en este lugar. De lunes a sábados desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche me ocupo de purificar metales, fundir y solidificar plásticos entre otras cosas. Somos alrededor de cien trabajadores y a pesar de alguna que otra discusión, es un lugar de trabajo muy agradable y confortante…será que sólo somos hombres…
         Cualquiera que venga a la fábrica creería que es un lugar frío, incómodo y muy ruidoso. Posiblemente lo sea, pero me bastan mis 38 años de trabajo para pensar completamente lo opuesto.
         Me toma un tiempo llegar a la fábrica, serán entre una hora y dos las que tengo de viaje. Voy entretenido, pensando, recordándola siempre a ella. ¿Cómo es que se fue? ¿Por qué no esta más? Es todo tan insólito y misterioso, no encuentro y jamás encontré una respuesta para esto. Es que fue hace dos años cuando decidí traer a mi hija Julieta a conocer la fábrica. Estuve con ella durante todo ese día; conoció y recorrió la fábrica una y otra vez, pero se hicieron las nueve de la noche y ella no aparecía...
         Este lugar es increíble, cuantas cosas para jugar y entretenerme… creo que puedo pasarme horas en este cuarto. Desde las enormes maderas hasta los tornillos más pequeños son útiles para empezar a transformar este lugar. Empecé con las piezas de mármol y un par de tablas para armar algunas mesas. Las tuercas y los pernos me sirvieron  para hacer ruido, mucho ruido…pude armar unas maracas. Seguí buscando cosas, encontré unas planchas de corcho que se veían muy aburridas…necesitaban un poco de color. Después de husmear por varios cajones encontré tres tarros de pintura: uno rojo, otro amarillo y el último verde, alcanzaban. Me choque con unas rejillas de metal…las desarme, las pinte y las colgué…era importante que el cuarto quedara bien decorado. Todo estaba quedando muy bien, pero se seguía viendo un poco sucio. Comencé barriendo el piso y luego le quité el polvillo a las cosas que había creado.
Empecé a oír ruidos…alguien se estaba acercando al cuarto. Tocaron la puerta.
-¿Quién es?-, dije.
-Facundo, el hijo de Raúl-, respondió.
-¿Raúl?-, pregunté sorprendida.
-Sí, el que trabaja en el segundo piso con la máquina de aluminio ¿Puedo pasar?
-Si pasá, pero cuidado con los tarros de pintura.
Facundo entró al cuarto; no lo conocía, pero parecía simpático. Me ayudó a armar un par de sillas y a colgar unas torres que había inventado con unos discos de plástico. Era más alto y más fuerte que yo así que colaboró mucho con el armado del cuarto, hasta conectó un par de cables para poder iluminar mejor la pieza.
-Gracias, estaba un poco aburrida después de recorrer la fábrica y descubrí este lugar.
-Quedó muy bien… ¿venís seguido a la fábrica?
-No, hoy la conocí. Está buena, me gusta…seguro venga más seguido.
-Yo vengo siempre, a veces ayudo a papá y otras me la paso yendo de piso en piso.
-¿Si? Ya que tanto la conocés me vas a poder ayudar a seguir ideando el cuarto.
-Claro que si, cuando quieras.
Cerré el cuarto con Facundo que me acompañó a buscar a mi papá. No se bien qué hora era, pero realmente, para mi, el tiempo no había pasado.
Lo encontré, estaba caminando hacia la puerta con destino a casa. -¿Vamos Pa? Facundo viene con nosotros, su papá se fue y mejor que no vuelva solo-, le dije. Me miró sorprendido y se le pusieron los ojos llorosos; no me preocupé, cosas de padres, y seguimos caminando hacia la salida.  

Ese cuarto que nadie valoraba y todos ignoraban tenía, en realidad, mucho más valor del que todos creían. Sólo una niña supo descubrirlo y vitalizar sus encantos escondidos.  Habrán sido las ganas de crear de esta pequeña, la iniciativa y el entusiasmo, los que dieron lugar a este nuevo  mundo en la sencilla habitación.

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